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«Nos vamos, nos vamos» (Levante-Emv)

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«Nos vamos, nos vamos» (Levante-Emv)

El hecho sucedió instantes después de que Villa marcara el gol del Valencia, al filo del descanso. Tras la celebración del tanto por parte del equipo, y momentos antes de que el Deportivo sacara el balón de centro, el línier recibió el impacto de un objeto en la cabeza y llamó al colegiado. Megía, al ver que la sangre fluía de la frente de su auxiliar, y tras escuchar como algún jugador del Deportivo, como Scaloni, le indicaba que había que marcharse -lo que provocó que Albelda se encarara con el capitán del conjunto gallego-, mandó a los jugadores a la ducha y decidió suspender el encuentro. Mientras los futbolistas se iban al vestuario sorprendidos por lo que estaba sucediendo, Pablo Aimar aportaba su habitual coherencia en un momento delicado, y dejaba una frase para la reflexión: «No entiendo que haya alguien que venga a ver un partido de fútbol y le tire algo al árbitro». Fueron momentos de duda. Ni los jugadores, ni los entrenadores, ni la directiva ni la afición sabía si el árbitro había tomado la decisión de señalar el descanso o si, por el contrario, decidía pitar el final del encuentro. Mientras los jugadores y los directivos se acumulaban en el túnel de vestuario, se produjo una reunión con el árbitro al que se trató de convencer de que no suspendiera el partido y que cambiara de opinión. Los nervios afloraban. Minutos más tarde, y pese a que se trató de que Megía Dávila optara porque el choque se reanudara para evitar males mayores, el árbitro decidió la suspensión definitiva del mismo. Por la megafonía de Mestalla se informaba a los aficionados de que el encuentro había finalizado y se instaba a la hinchada a que «para evitar otras consecuencias perjudiciales para el club desalojaran el campo en orden». En los aledaños del estadio, las fuerzas del orden público se posicionaban por lo que pudiera ocurrir. Y es que, cerca de cuatro mil aficionados expresaban entre cánticos y gritos su enfado por lo sucedido. En el Valencia había malestar con la decisión tomada por Megía Dávila. Así, instantes después de la suspensión, el segundo entrenador del equipo afirmaba que «el árbitro ha querido írse incluso antes de que todo sucediera. El que ha tirado la moneda es un bárbaro, pero creo que no es motivo para suspender el partido». Hasta ese momento de la suspensión, el partido estaba plagado de tensión tanto en el terreno de juego como en la grada. Quizá una rivalidad que viene de lejos entre el Valencia y el Deportivo, la tensión que generó la temprana expulsión de Marchena, el enfado con la actuación del árbitro, o lo que se calentó el partido a base de declaraciones previas, motivaron un hecho intolerable. Daba la sensación de que se puso tanta presión y tanta pólvora al partido, que el petardo explotó en las manos del Valencia. La Copa del Rey, y el hecho de que el Valencia se adelantaba en el marcador con un jugador menos, invitaba a pensar que esta crónica glosaría una nueva gesta futbolística gracias a una remontada épica, pero la agresión al juez de línea lo impidió. En lo futbolístico, el Valencia había logrado igualar la eliminatoria gracias a un gol de Villa al filo del descanso, y el partido se ponía precioso. Pero ayer parecía que era una noche de disgustos. Marchena los comenzó a dar pronto, cuando fue expulsado por una agresión a Arizmendi en las mismas narices del árbitro, y más tarde sucedería lo del línier. Lo de Marchena, ya en terminología o lenguaje futbolístico, es injustificable. Con la experiencia del central internacional, y pasados episodios ante el Deportivo como la tarjeta roja que vio Ayala, lo del defensa es imperdonable. Darle un puñetazo a un rival en el inicio del partido y delante del árbitro es de tener muy poca cabeza. La expulsión de Marchena condicionó el partido. La eliminatoria estaba complicada, porque el Deportivo llegaba con ventaja de un gol, pero tras la roja del defensa, la dificultad se multiplicaba por cien. Aún así, Quique no metió un central en el campo. El entrenador renunció a la línea de cuatro atrás, y dispuso tres hombres con Albelda auxiliando en labores defensivas. El gesto del técnico fue valiente, plausible, invitaba a una remontada a la heroica. A eso invitaba el gol de Villa hasta que el auxiliar fue agredido.
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